18.9.26

CUMPLE EN LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / DECIMOCTAVA FIESTA LITERARIA

 















Aprovechamos que la pebeta de la foto, Fabi Fabiana, cumplía redondo, y decidimos agasajarla con una torta de queso que trajo Lili. En el picnic hubo torrejas, buñuelos, picada de fiambres, bizcochitos de grasa y bohios calientes con Luiyis Boscas. Un placer.

Después leímos “El idioma de los gatos”, de Spencer Holst, y algunas críticas me tocaron el cuore. El cuento es bastante imperfecto, pero también es divertido si le sacamos una parte que está de más. “Vos le hubieras tachado”, me increpó la que trajo la torta, y tiene razón. Páginas enteras, le hubiera tachado. No obstante, el tono del cuento me gusta mucho, así como el tono de muchos de los cuentos del neyorquino. Rodrigo Fresán, que firma el prólogo del libro en la edición editada por Daniel Divinsky para De la flor, dice que tanto “en Nueva York como en Buenos Aires o en Praga, los escritores y las personas que quieren ser escritores cuando sean grandes se preguntan unos a otros si han leído un libro llamado “El idioma de los gatos”. Continúa con su exageración fanática:

“No creo -no puedo recordar ahora- que haya libros más claros y didácticos a la hora de señalar los resortes que mueven una historia, explicar los diferentes bloques que construyen una trama, ofrecer las instrucciones precisas para ordenar el ritmo cardíaco y cerebral del cuento.

Está todo aquí -trucos, astucias, consejos- en frases como “Tal es la función del cuentista” o “La pornografía no tiene ningún lugar de ninguna clase en la literatura”; o “Pero, como autor, tengo ciertos poderes” o en los perfectos y emocionantes finales de “El asesino de Papá Noel” y de “El copista de música”; o, sobre todo, en la oración que cierra la magistral “Historia de confesiones verdaderas” donde puede leerse aquello de “¡Ah! ¡Qué gran cosa es ser artista!”.


Rorri agrega, finalmente, que sabe por qué sonríen la Mona Lisa y Buda cuando se encuentran en el cielo: ambos acaban de leer el libro “El idioma de los gatos” de Spencer Holst, y no pueden disimular sus alegrías.

En la semana voy a subir los dos relatos que nos marcaron Mariano y Fresán: “La cebra cuentista” y “Mona Lisa encuentra a Buda”. Y tal vez en algún momento leamos en vivo y en directo “El asesino de Papá Noel”, el del copista y la historia de las confesiones de Spencer para entender, de una vez, las alegrías de ellos dos como lectores.

Mariano arrancó el que tal vez sea el primer cuento de su próximo libro; tiene unos diecinueve en proyecto, muchos ya corregidos. La verdad es que no me gustaría vivir en Piedra Negra, pero quiero conocer qué pasará. Vamos a ver cuando nos traiga el último.

Terminamos repitiendo (cof cof) microcuentos de Brasca, a quien esperamos en la próxima jornada con los libros abiertos. Para que explique y firme, digo.

17.9.26

LA ELOCUENCIA DEL SILENCIO. SOBRE EL FINAL DE LAS MICROFICCIONES / RAÚL BRASCA

 


"Desde que se advirtió que algunas brevedades configuraban un nuevo tipo textual, hace ya tres décadas, se tuvo por cierto que la naturaleza de sus finales, constituían una de sus características. Así Dolores Koch, ya en 1986, dice que "el desenlace es algo ambivalente o paradójico, a veces irónico". Y años más tarde, intenta diseñar un método para diferenciar micro-relato y minicuento, basado en sus finales. Para ella, "el verdadero minicuento conserva las características del cuento y sólo se diferencia de éste por su extrema brevedad" (2000). Sostiene que "estas estructuras abreviadas [las del minicuento] parecen responder a las definidas para el cuento que nos han provisto hace ya mucho tiempo, maestros del género como Edgar Allan Poe, y para nuestras literaturas, Horacio Quiroga y Julio Cortázar" (2000). El método en cuestión se basa, según sus palabras en que:

[...] en el desenlace del minicuento hay acción, hay un suceso que se narra. Mientras que en el desenlace del micro-relato no sucede nada en el mundo, sino en la mente del escritor (y, afortunadamente, también en la del lector cómplice). Por eso el desenlace del micro-relato es sólo una entelequia. Dicho de otra manera, el minicuento resulta en lo que le ocurre a alguien, mientras que el micro-relato resulta en lo que se le ocurre a alguien (2000).

Lauro Zavala (2008), por su parte, expresa que "mientras el minicuento tiene un inicio catafórico (es decir, anuncia lo que va a ser narrado), un tiempo secuencial, un lenguaje literal, un narrador confiable y un final epifánico, anafórico y concluyente, en cambio la minificción tiende a ser lúdica, alegórica e intensamente intertextual..." Explicita como una de las características literarias de la minificción el tener "un final catafórico (es decir, un final que anuncia lo que está por ocurrir)". Ya había expresado antes (Zavala, 1999) una idea muy interesante al respecto:

En el cuento ultracorto el final puede ser epifánico, pero no forma parte del texto mismo. Esto es evidente, por ejemplo, en las viñetas de Julio Torri, Guillermo Samperio o Eduardo Galeano. En estos casos, respectivamente, hay la sensación de fragmentación, alegorización o condensación. Si el texto es el fragmento, el atisbo o la síntesis de una totalidad mayor, el texto mismo señala hacia esta totalidad de manera implícita, y por lo tanto no requiere de un final definitivo. La conclusión está más allá del texto, en la totalidad a la que apunta.

Una afirmación de Rosalba Campra (2008), se relaciona con lo dicho por Zavala: "[...] en el caso de la microficción, estamos en presencia de textos de desarrollo implícito: textos que implican sobre todo la capacidad del lector para descifrar el silencio que está alrededor, detrás, dentro de las palabras".

David Lagmanovich (2006), por su parte, cuando trata comparativamente las diferencias entre los finales del poema y el microrrelato, indica como marcas de final de los microrrelatos, la repetición, la inversión y la epifanía, entre otras posibles. Todas estas opiniones ofrecen ejemplos que las justifican, pero conviene estudiar si  son corroboradas por la generalidad de los casos.

Para decidir acerca del método de Dolores Koch, primero habría que verificar si existe el minicuento tal como ella lo define. El proceso de reducción del cuento para alcanzar la longitud de la microficción se lleva a cabo sin conservar las proporciones. No es similar a la reducción de cabezas humanas por parte de los Jíbaros, en la que los rasgos fisonómicos se conservan.  Cuando el cuento se aproxima a las dimensiones de la microficción, el planteo y el desenlace se han reducido sólo un poco, pero el desarrollo prácticamente ha desaparecido. Sólo en minicuentos relativamente "largos" se puede hablar de desarrollo. Cabe preguntarse entonces si las normativas de Poe, Quiroga y Cortázar, pueden cumplirse con rigor en estos relatos sin desarrollo donde la tensión no progresa paulatinamente. Un cuento supone un camino. "Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste", reza la octava prescripción del Decálogo del perfecto cuentista de Quiroga (1993). Pero la microficción es más un ejercicio acrobático que una caminata. Del cuento a la microficción la diferencia se vuelve cualitativa: ya no se trata de un cuento muy breve sino de otra cosa. La veracidad de esto es confirmada por los ejemplos que la misma Dolores Koch ofrece. Ella da el siguiente ejemplo de minicuento,

El juicio

Se encontraba en medio del tribunal, todas las miradas de los jueces clavadas negramente en él. Esperaba la sentencia.
-Lo condeno a vivir para siempre -dijo uno de los esqueletos.

Gabriel Jiménez Emán (2005)

Y como ejemplo de microrrelato:

A primera vista

Verse y amarse locamente fue una sola cosa.
Ella tenía los colmillos largos y afilados.
Él tenía la piel blanda y suave: estaban hechos el uno para el otro.
Poli Délano (1975)

En estos casos, el método de Koch (2000) se cumple claramente: el primero tiene un final fáctico y el  segundo termina con un comentario del narrador. Pero no siempre es así. Hace años intenté aplicarlo a los textos de una de mis antologías y no me fue fácil. Le envié el resultado a Dolores Koch y, evidentemente, no coincidimos en la clasificación. Pero sus respuestas no fueron taxativas. Por ejemplo, sobre un texto que yo consideraba microrrelato y ella minicuento, me decía "le falta ensayo". Esa sola respuesta implica una gradación, un gradiente continuo entre minicuento y microrrelato. Hay casos en que el final es algo que se le ocurre al narrador, como sería en los microrrelatos, pero consiste en la simple constatación de un hecho que les ocurre a los personajes, como sería en los minicuentos. Uno ejemplo de esto es:

Pasión1

El hombre, con los brazos abiertos delante de la puerta, le obstaculizaba el paso. Ella no pudo evitar una sonrisa, pese a todo.
-Pareces un Cristo.
-No te vas.
-Volveré en unos días.
-¿Está de nuevo aquí, verdad?
-¿Para qué lo preguntas?
-No te vayas.
-Déjame salir.
-¿Esto va a durar toda la vida?
-No lo sé.
 El hombre se apartó, cruzó junto a ella evitando rozarla, se sirvió un trago y se hundió en un sillón, derramándose
encima la bebida, mientras la puerta se cerraba. Se levantó de inmediato, fue hasta la ventana: sólo entonces se dio cuenta de que llovía.
-Se va a mojar -dijo, en voz muy baja.

Julio Miranda

Analizados con el criterio de Lauro Zavala, tanto El juicio como A primera vista, se ajustan por sus principios, finales y rasgos característicos a su concepción de minicuento y minificción, respectivamente; en tanto Pasión ilustra con claridad la función deíctica que atribuye a esta última.  Los tres ejemplos dados entrarían en la descripción que debemos a Rosalba Campra. Lo cierto es que los autores de microficción escriben y publican todos los tipos ejemplificados sin hacer ninguna distinción entre ellos y que los antólogos proceden a agruparlos con el mismo criterio. Tampoco los lectores adoptan diferentes actitudes de lectura según sea el caso. No parece entonces muy importante diferenciar unos de otros. Por eso, para Lagmanovich (2006), que sostiene esta opinión, los tres entrarían en una misma categoría.

A los efectos de este artículo, interesa señalar que en los tres ejemplos dados, el final es expresión particular de lo que el texto calla, a saber, sucesivamente: que el juicio transcurre en el mundo de los muertos, que existe eso que llamamos vampirismo, que el hombre siente un profundo amor por la mujer que se va. En casos extremos, lo que se calla es la totalidad de la historia.

Francisco de Aldana

No olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo. 

Juan José Arreola (1971)

Esta microficción consiste en una frase de tono admonitorio, dirigida por un hombre a una mujer. La historia de sexo nocturno, que es lo que se significa aunque no se la "cuente", está fuera del texto, pero muy fuertemente aludida. También lo que ha sido llamado "discurso sustituido" (Lagmanovich, 2006), es una forma de ocultamiento que obliga a descifrar el texto en busca del sentido. 

Veamos si cuando las microficciones se alejan de lo narrativo hacia, por ejemplo, lo argumentativo, esta característica se mantiene. Jean Cocteau2 le contó a André Maurois el siguiente episodio:

Lógica

Los padres de una de nuestras sobrinitas le anunciaron a ella que un ángel acababa de traerle un hermanito. "¿Quieres ver a tu hermanito?", le preguntó su padre. "No, dice ella, yo quiero ver al ángel"

A la pregunta de qué es lo que produce la sonrisa cuando se lee este texto, habría que responder que es lo que la sobrinita significa sin decirlo: no quieran mostrarme algo tan corriente y vulgar como un recién nacido, lo que verdaderamente me interesa, por extraordinario y sospechoso, es que exista un ángel. No hace falta señalar que en este caso el desenlace ha sido trocado por una conclusión. Todavía más interesante, por lo complejo, es este otro ejemplo (Brasca, 1997):

Después de todo, nada

Este cuento no fue escrito. Jules dio marcha atrás a su máquina del tiempo. Y llegó al Paraíso terrenal.
Jules disputó con Adán por la manzana y lo mató.
Jules era estéril.

Alejandro Rodríguez Hanzik

Es obvio que se cuenta una historia, pero el interés del autor (y del lector) no está centrado en historia misma sino en el procedimiento lógico que permite la negación del propio texto. El final de la historia ("lo mató") no cierra la microficción y, si la cerrara, no sería satisfactorio en absoluto. La última línea (Jules era estéril) funciona sólo como clave para la interpretación y es, digámoslo de paso, algo que le ocurre al personaje y, simultáneamente, un dato que se le ocurre acotar al narrador. A partir de ella, el lector relee el texto: si Jules era estéril, no procreó con Eva, por lo que forzosamente la humanidad no existe, con lo que el texto no pudo haber sido escrito porque no había nadie que lo escribiera. La frase "Este cuento no fue escrito" es a la vez principio y final de la microficción. Es principio durante la lectura, porque funciona como tesis a demostrar. Es final después de la relectura irónica, porque entonces, funciona como conclusión. La reconstrucción de lo silenciado, es lo que permite llegar a ella. Es evidente que aquí el elemento "ensayístico" prima sobre una historia que es apenas el soporte de un argumento. No creo posible aplicar la normativa del cuento a este texto.

Más lejos todavía del cuento están las microficciones que utilizan, parodiándolas, formas argumentativas propias de la matemática. Suelen ser muy irónicas y recurren a la lógica para burlarse o demoler ideas establecidas.

Propiedad transativa

El enunciado era aproximadamente así: si A es igual a B y B es igual a C, entonces C es igual a A, ¿correcto? Bien. Esto es lo que yo llamo un pensamiento rigurosamente lógico; por tanto, ya sobre suelo firme, avancemos: si yo amo a mi esposa y mi esposa ama a su bella hermana, entonces no comprendo por qué reacciona de ese modo.

Juan Romagnoli (2009)

De nuevo es lo que se calla lo que emerge con fuerza en el final: una historia de amor entre el narrador y la hermana de su esposa. Entre lo elidido y lo sugerido, encuentra el lector satisfacción en todos los ejemplos dados. La sola presencia de medios oblicuos de expresión como la alegoría y la ironía aseguran un componente silencioso del texto que el lector deberá descubrir para quedar satisfecho.         

Pero no siempre es una historia o son datos de una historia aquello que se debe reconstruir. Muchas veces, aunque haya parte de la historia elidida, el efecto de final resulta, paradójicamente, del escamoteo de precisiones que permitan resolverlo, es decir de la presencia de una ambigüedad. Es el caso del famoso "El sueño de Chuang Tzu" en que la microficción está directamente configurada como una ambigüedad cuya simetría permite el intercambio entre el soñador y lo soñado. Con ello, el dilema brilla indecidible, lo que constituye su verdadero efecto. A veces, la ambigüedad estalla magníficamente en la última línea. "Diálogo sobre un Diálogo", incluido en El Hacedor, de Borges, termina con la frase: "Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos". Esta última línea puede ser entendida como una humorada o en sentido literal. Si fuera esto último y efectivamente se hubieran suicidado, el hablante estaría dialogando desde el otro mundo y el relato sería fantástico. Pero la información que da el texto no permite decidir ni lo uno ni lo otro.

En otras microficciones, la ambigüedad se mantiene durante todo el texto y es resuelta en la última línea, de lo que resulta el efecto conclusivo del relato. En "Patio de tarde" de Julio Cortázar (Último Round, 1969), la palabra "cola" conserva su doble significado hasta el final, donde el narrador opta por "cola" como adhesivo.  La mera articulación de la ambigüedad como principio organizador del relato implica que lo "no dicho" es parte constitutiva del mismo y que su final, si el relato es consistente, estará relacionado con ella.

Conclusiones

Se han examinado las diferentes formas en que la resolución de las microficciones logra proporcionar satisfacción a sus lectores, entendiendo por tal la sensación de conclusividad que ofrece arribar al punto de convergencia de todas las palabras del texto. Luego de analizar ejemplos que van desde los totalmente fácticos hasta otros donde lo argumentativo prevalece con contundencia sobre lo narrativo se verificó que estas formas de resolución son variadas y van desde el desenlace narrativo a la conclusión de un argumento e, incluso, a cierres relacionados con la identificación de una referencia aludida, o con las posibilidades de otorgar o no un sentido único al texto. Pero sea cual fuere la forma, en todos los ejemplos estudiados el final resulta una emanación del silencio que, como ha señalado Rosalba Campra, es constitutivo de la microficción. Habría que investigarlo con minuciosidad pero, en general, lo mismo sucede en las otras zonas del corpus. ¿Significa esto que la cualidad de poseer finales que resulten de un silencio constitutivo identifica a la microficción? No. Esa cualidad también aparece en otros tipos de textos, como el chiste y el poema. En efecto, el chiste comparte con la microficción la satisfacción intelectual que proporciona al lector el poder descifrar lo que subyace silencioso debajo de las palabras. En cuanto a la poesía, baste señalar que es el género ambiguo por excelencia3. Esto indica que, lejos de resultar un rasgo diferencial, la cualidad que nos ocupa homogeniza los diferentes tipos de  microficciones y, además, las aproxima a otras formas breves de las que habrá que deslindarla mediante otros criterios.

Otra pregunta puede hacerse: ¿Quedan excluidas del corpus microficcional aquellas piezas cuyos finales no son una emanación del silencio? Me gustaría responder categóricamente que sí, pero las antologías suelen incluir algunos textos en los que es difícil o imposible encontrar esta propiedad. Por ejemplo, algunos relatos brevísimos que se agotan en la acción pormenorizada y también aquellos que ofrecen su propia interpretación. Es de hacer notar que en este último caso, se vuelven explicativos, pedagógicos y explícitos, se prohíben a sí mismos la ironía y no admiten lecturas múltiples. Doy un ejemplo:

La cortesía4

En un crudo día de invierno, un rebaño de puercoespines se había apretado unos contra otros para librarse del frío, prestándose mutuamente calor. Pero apenas en contacto, sintieron el escozor de los pinchazos de sus espinas lo que los hizo separarse. Cuando la necesidad de calor los obligó a juntarse de nuevo, volvió a ocurrir lo mismo, de modo que la lucha contra ambos sufrimientos les hizo ir de una a otra posición hasta que se colocaron a una distancia media que les hizo soportable la permanencia. Del mismo modo el deseo de sociedad, nacido del vacío y de la monotonía de su propio interior empuja a unos hombres hacia otros; pero sus numerosas cualidades repulsivas y sus insoportables defectos los dispersan de nuevo. La distancia media que acaban por encontrar y gracias a la cual la vida en común es posible, es la cortesía.

Arthur Schopenhauer

Independientemente de los méritos que pueda tener, creo que este texto es de naturaleza totalmente diferente de la del grupo del que se ha ocupado este artículo. En cambio, no sucede lo mismo con magníficos ejemplos que recurren al absurdo. Indudablemente hay un sentido oculto en el sinsentido cuando se usa como recurso artístico, del mismo modo que los sueños y las pesadillas más disparatados desnudan, ocultándolas, las vicisitudes de la vida real, pero estas ideas generales no son fáciles de particularizar cuando se analizan ejemplos individuales. En algunos casos pueden identificarse las trampas lógicas que disimulan las palabras. Por ejemplo:

Conocí a un hombre que dormía con sus brazos. Un día se los amputaron y quedó despierto para siempre. 

Claramente, este texto de César Vallejo (Brasca y Chitarroni, 2001) propone entender "dormir con los brazos" como relación de necesidad, al modo en que se entiende, digamos, "caminar con los pies", y el final pone de manifiesto la incongruencia. Se mantiene el marco lógico, pero se le pone un contenido incompatible que lo conduce al absurdo. Es una trampa travestida. Lo que se oculta, en particular, es la trampa. Pero hay ejemplos en los que creo que la atribución de un silencio constitutivo sería demasiado forzada. 

Los dientes de Raquel

Raquel mordió una manzana y todos sus dientes quedaron en ella. Fue a su casa con la boca sangrando a avisarle a su mamá. La mamá vino corriendo asustada a buscar los dientes de Raquel y cuando llegó, los dientes se habían comido la manzana.
La mamá quiso recogerlos, pero los dientes se levantaron y se comieron a Raquel y a la mamá.
Después, los dientes volvieron a la boca de Raquel, quien muy hambrienta corrió a pedirle a su mamá que le comprara una manzana.

Gabriel Jiménez Emán (2005)

Podría decirse que lo que hay detrás de narraciones como esta es la falta de sentido de la existencia, el absurdo del mundo. Eso se dice de toda la literatura del absurdo que es, como se sabe, deudora del existencialismo. Pero ese trasfondo abstracto y general es muchas veces imposible de particularizar. La forma circular del relato marcada por el final, sugiere que la situación no tiene salida, es decir, refuerza la impresión de inexorabilidad del sinsentido. Sin embargo, es discutible que este final resulte emanación de algo particular que la microficción calla. 
Aun con los reparos señalados, me parece aceptable afirmar que, entre todos los textos brevísimos que lectores y antólogos reconocen habitualmente como microficciones, una muy elevada proporción posee finales que manifiestan de algún modo un silencio constitutivo."


Notas

1 Texto de Julio Miranda, publicado en el periódico El Universal de Caracas el 18 de enero de 1998.

2 Publicado en la revista El Cuento, nº 123 - 124, julio - diciembre 1992: 179.

3 El padre de la crítica literaria moderna de tradición inglesa, William Empson, publicó en 1930 su libro Seven Types of Ambiguity en el que analiza las estrategias individuales que van de Chaucer a Elliot. Allí asevera: "[...] las maquinaciones de la ambigüedad radican en las raíces mismas de la poesía".

4 Publicado en la revista El Cuento, nº 21, México, marzo de 1967: 208.

Bibliografía

1. Arreola, Juan José. Palíndroma. México: Joaquín Mortiz, 1971.         

2. Brasca, Raúl. 2 veces bueno 2. Más cuentos brevísimos latinoamericanos. Buenos Aires: Desde la Gente, 1997.       

3. Brasca, Raúl y Chitarroni, Luis. Antología del cuento breve y oculto. Buenos Aires: Sudamericana,  2001. 

4. Campra, Rosalba. "La medida de la ficción". En Anales de Literatura Hispanoamericana. Universidad Complutense de Madrid, Vol. 37, 2008: 209-225.     

5. Délano, Poli. Sin morir del todo. México: Extemporáneos, 1975.      

6. Jiménez Emán, Gabriel. El hombre de los pies perdidos. Barcelona: Thule Ediciones, 2005.       

7. Koch, Dolores. "El micro-relato en México: Torri, Arreola, Monterroso". En De la crónica a la nueva narrativa mexicana (Merlín H. Forster y Julio Ortega, eds). México: Editorial Oasis, 1986: 161-177.         

8. Koch, Dolores. "Retorno al micro-relato: algunas consideraciones". En El Cuento en Red. No 1, primavera 2000: 29-31.   

9. Lagmanovich, David. El microrrelato. Teoría e historia. Palencia: Menoscuarto Ediciones, 2006.

10. Quiroga, Horacio. Los "trucs" del perfecto cuentista y otros escritos (Beatriz Colombi y Danilo Albero, eds.). Buenos Aires: Alianza, 1993.         

11. Romagnoli, Juan. Universos mínimos. Murcia: Tres Fronteras Ediciones, 2009.        

12. Zavala, Lauro. "Breve y seductora: la minificción y la enseñanza de la teoría literaria". En Lecturas simultáneas (Lauro Zavala, Comp.). México: UAM, 1999: 141 - 149.        

13. Zavala, Lauro. El boom de la minificción. Calarcá, Quindío, Colombia: Editorial Cuadernos Negros, 2008.


Extraído de Cuadernos del CILHA, Añó 11, Número 12, Universidad Nacional de Cuyo.

16.9.26

TÓCALA DE NUEVO / JORGE ACCAME

Hoy el chofer del taxi se enojó

con alguien que le cruzó adelante el auto.

Insultó y en seguida se puso a silbar amigablemente.

 

Recordé a mi padre, que era muy desentonado.

Cuando estaba molesto, cantaba ay leré leré leré leré

y parecía recuperar la calma.

Nunca supimos de dónde había sacado esa línea,

si la había inventado o si versionaba una canción que oyó.

 

Durante la escuela secundaria,

cuando me quedaba dormido

con la radio encendida bajo la almohada,

venía desde su habitación en el medio de la noche

y la apagaba protestando.

 

Una tarde yo escuchaba Pink Floyd en el tocadiscos viejo

y se acercó curioso.

“Parecen un nido de palomas descompuestas”, observó.

 

“Qué música preciosa”,

exclamaba si en la FM tocaban algo de Debussy,

pero lo decía con desconcierto,

como si no estuviera seguro de que esos sonidos le agradaran

ni de que la música fuera necesaria en el mundo.

 

Ojalá se nos permitiera vernos otra vez

y reírnos juntos.

15.9.26

UN PARPADEO / JORGE ACCAME

¿Qué podemos ver en un parpadeo?

Las olas

acercándose

como un lobo manso

a olfatearnos las manos.

 

Un niño a la deriva.

 

Pensamos que había tiempo,

hicimos planes.

Un parpadeo.

Un pellizco en la luz.

14.9.26

SILENCIO Y MICROFICCIÓN / RAÚL BRASCA


El silencio de la microficción no es un descubrimiento novedoso, creo que estuvo ahí, a la vista de todos, desde hace mucho, pero no se le prestó atención. Comencé a repensarlo en 2010 cuando escribí un artículo para el Centro Interdisciplinario de Literatura Hispanoamericana (CILHA)1 de la Universidad de Cuyo, y seguí en ese rumbo en todas mis intervenciones posteriores en Encuentros y Congresos. Ya cuando Dolores Koch descubrió la singularidad de los micro–relatos, como los llamaba ella, dijo que tenían un desenlace “ambivalente o paradójico, algunas veces irónico”2, lo que implícitamente remite al silencio: en la paradoja hay que “darse cuenta” del sentido que oculta la aparente contradicción, y la ironía consiste en decir expresamente algo para significar otra cosa que no se dice. Francisca Noguerol escribe: «el silencio se configura como negativo necesario para reconstruir el texto breve en toda su extensión»3. Ana María Shua, por su parte, tiene su “teoría del click”4 que afirma que entre el final de la lectura y la producción de sentido por parte del lector median algunos segundos de suspenso, lo que significa que no todo está dicho en el texto, que se requiere un momento de reflexión para acceder a lo no dicho. Otros lo expresan de un modo más general: dicen que en la microficción siempre hay que “darse cuenta” de algo, de un plus semántico que hay detrás5. En fin, de una manera u otra, todos ellos están diciendo que la microficción contiene un silencio constitutivo. Es decir, sobre la existencia del silencio parecen estar todos de acuerdo.

No sucede lo mismo con el carácter narrativo, tenido hasta ahora como propiedad característica del género por la mayor parte de los investigadores, es decir, como cualidad necesaria. Cuando examinamos el corpus que habitualmente leemos como microficción advertimos que, a menos que aceptemos que “no bien abrimos la boca estamos narrando”, como me dijo una vez un amigo investigador, son muchas las piezas que quedarían fuera del corpus por no narrativas. Lamentablemente, no podemos aceptar la afirmación de mi amigo, porque si no bien abrimos la boca estamos narrando, todo es narrativo, y si todo es narrativo, nada es narrativo, porque no sabríamos qué es “ser narrativo”. Entonces, es ineludible desechar esta posibilidad y aplicar otro criterio. Y hay muchos, tantos como la rigidez o lasitud del clasificador proponga. En un extremo están quienes se apegan rígidamente a que el texto contenga todas las marcar deícticas que aseguran que se trata de una narración. Si la definición de narración es: algo que le ocurre a alguien en determinado lugar por cierto tiempo, las marcas referidas son las que indican el lugar y el período de tiempo en el que ocurre lo que le sucede a ese alguien. Blanden como ejemplo sublime “El dinosaurio”6 (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí), de Monterroso, que cumple cabalmente con esa definición7 en solo nueve palabras y tiene todas la marcas: hay un alguien ambiguo, un lugar (allí) y un tiempo que transcurre (cuando despertó y todavía), y por eso resulta el microrrelato más breve de la lengua española que contiene explícitamente todos los elementos de la narración. Es una hazaña, de acuerdo. Pero los microficcionistas no somos héroes ni pretendemos serlo, somos escritores. Y, con este criterio tan restrictivo, vemos que un sinfín de piezas deberían abandonar el paraguas de la microficción y, lo que es peor, quedar a la intemperie. Por eso, Juan Armando Epple8 estima que alcanza con que una de las marcas deícticas esté explícita en el texto, porque considera que basta una de ellas para convocar tácitamente a las otras; David Lagmanovich9 exige que la narración esté por lo menos “insinuada” y Rosalba Campra10 va más allá, propone que el carácter narrativo pueda pertenecer al silencio del texto. Es decir, cada uno amplía, a su modo, la hospitalidad del corpus, que ya no sería el corpus sino los corpus. O un corpus elástico, algo bastante impreciso, que se dilataría y contraería según las preferencias narratológicas de cada clasificador.

Tanta es la dificultad para arribar a una definición de microficción con base en la narratividad que puede ganarnos el desaliento, como parece haberle pasado a Violeta Rojo: “…la minificción es breve y de alguna manera ficcional. Quizá hasta allí puedan llegar las prescripciones del género”11. O llevarnos a considerar afirmaciones aun más radicales, como esta de David Roas: “…esta forma narrativa que hemos dado en llamar “microrrelato” no es otra cosa que una variante más, entre muchas posibles, del cuento literario”12.

Creo firmemente en la singularidad de la microficción y en que debe ser considerada un género literario, el primero surgido en Latinoamérica. Trataré de fundamentarlo.

No niego el derecho de cada autor a definir el corpus de lo que quiere estudiar, pero me parece deseable que ese corpus se aproxime lo más posible al de los textos que los lectores, por encontrarlos afines entre sí, englobamos en el término microficción, aunque ello sea sólo para saber de qué hablamos cuando nos comunicamos entre nosotros o con un librero. Se dirá que lectores hay muchos y que sus clasificaciones son intuitivas y no admiten una formulación precisa. Pero allí están también las antologías, las compiladas no según prescripciones académicas basadas en presupuestos como la narratividad, sino por lectores experimentados y sensibles a la forma. Y aquí cobra fuerza la hipótesis del silencio constitutivo mencionado.

Claro que el silencio constitutivo no es una cualidad textual expresa, sino que depende de la lectura. Un mismo texto, leído literalmente por un lector ingenuo, no sería microficción, mientras que sí lo sería para otro que fuera capaz de leer su silencio. Es decir la entidad de la microficción no estaría definida exclusivamente por las propiedades del texto. Esto, para muchos académicos es inaceptable. Además, también puede argüirse que silencio hay en toda escritura, porque nada puede ser absolutamente explícito. Para que el silencio de la microficción sirva como criterio para caracterizarla, tiene que ser un silencio particular, diferente del de otras formas de escritura. Y creo que lo es. En principio, es constitutivo: es una forma de lenguaje conscientemente utilizada por el autor, “escrito” por el autor y “legible” por los lectores. Sin embargo, el chiste y la adivinanza, en sus formas escritas, también contienen palabras y un silencio legible. En el chiste se silencia el sentido risible hasta la última línea, y en la adivinanza el objeto de referencia que la justifica. Claro que, en ambos, el silencio es elemental: una vez descubierto el sentido que hace reír en el chiste, y el objeto al que se refiere la adivinanza, no tiene sentido la relectura porque no queda nada por descubrir. Tanto el chiste como la adivinanza no son microficciones. Entonces, podríamos decir: la microficción se escribe con palabras y un silencio legible y lo suficientemente complejo para dar lugar a la polisemia y estimular la relectura. Leer una microficción requiere entonces decodificar el silencio.

Pensemos ahora en las consecuencias de encumbrar al silencio como característica.

Primera consecuencia: Sobre el escritor. Escribir con palabras y silencio, exige virtuosismo para lograr la concisión y la precisión imprescindibles para convocar el silencio. El microficcionista deberá dominar un repertorio muy amplio de palabras y las sutilezas sintácticas e incluso sonoras que potencian la sugerencia. Porque la microficción, al igual que el poema, alcanza su potencia por la forma. Pero como condensa significado, quien la escribe debe ser capaz, para dar un ejemplo extremo, de contar el universo en diez líneas, que no es comprimirlo en diez líneas, debe lograr que quepa holgadamente en diez líneas. Contarlo al modo de la microficción, con palabras y silencio: que el texto respire cómodamente y que la enormidad del universo, que obviamente no puede caber en las palabras, se genere y crezca en la mente del lector a partir de la lectura del silencio.

Segunda consecuencia: Sobre el lector. Obviamente, el lector de microficción no es como el lector de novelas, que toma el libro dispuesto a sumergirse en su mundo por varios días; ni como el de cuentos que, como sabe que en la primera línea se aprieta el gatillo y en la última suena el disparo, no se pierde los detalles que progresivamente el texto le irá proporcionando para guiarlo hasta el final; ni como el de poemas, atento al sonido de los versos, a lo que evocan y a la emoción que le producen. El lector de microficciones es muy particular: entra en la lectura como en un juego, no sabe lo que va a leer y no lo sabrá hasta que lea la última línea. Ella lo habilitará para acceder al silencio, le proporcionará la clave para su lectura. Recién entonces será capaz de formular un sentido coherente con la letra y el silencio del texto, lo que le insumirá algunos segundos. Y ese sentido será la culminación, el punto de arribo del desarrollo mental que la lectura provocó en él. Este hallazgo completa la microficción y satisface su expectativa de lectura. Quiero decir, que el final de una microficción es el sentido que le da el lector y, por lo tanto, está fuera del texto. Sin embargo, forma parte de la microficción. Estamos hablando de un lector que es casi coautor con el microficcionista. Y del género en el que más cercanas están la escritura y la lectura. La historia, si la hubiera, puede seguir después de la producción de sentido, puede incluso encaminarse hacia un final concreto o a varios posibles. Pero esos finales serán finales de la historia, no de la microficción.

Tercera consecuencia: Sobre la brevedad. Una cualidad siempre señalada de la microficción es la brevedad. No es útil como característica, cosa que reconocen todos los investigadores. En primer lugar es subjetiva13, y por otra parte, hay innumerables textos igualmente breves de géneros muy diferentes. Pero se ha prescripto a los microficcionistas que deben buscar la brevedad y se han propuesto estrategias para alcanzar la brevedad, como si la brevedad fuera la meta, como si un texto de cuatro líneas fuera necesariamente mejor que uno de quince. Se ha indicado reducir el texto a lo esencial (?), sin advertir que un detalle convenientemente valorizado por el escritor puede decir más y mejor que el resumen más perfecto. Porque no se trata de reducir, ningún microficcionista escribe reduciendo textos largos. La microficción nace breve, se le podrá quitar o agregar una línea o dos, pero nunca resultará de reducir un cuento o una novela. Lo que se propone quien escribe microficción es una forma de escritura, escribir con palabras y silencio. El silencio reduce la extensión del texto en relación a la que tendría si fuera explícito, por tanto, conduce a la brevedad. La brevedad, por tanto, no es la condición y el principio que estructura la microficción, es la consecuencia de una forma de escribir que implica precisión y concisión en el texto y elocuencia en el silencio que subyace a él. Depende de las competencias del autor llegar a un buen resultado: la micro no puede ser tan explícita que sea obvia, ni contener tanto silencio que resulte inextricable. La proporción entre palabras y silencio con la que se obtiene la mayor expresividad, varía según el caso, pero la experiencia indica que las mejores microficciones, van desde una línea a una página, lo que coincide con la prescripción habitual. Pero está mal que sea una prescripción, hay excepciones. Lo que importa es la forma de escritura, no tanto la extensión: puede haber microficciones de dos líneas que resulten larguísimas y otras de página y media que entren cómodamente en el género.

Cuarta consecuencia: Sobre su carácter proteico. Es corriente que quien lee microficción la encuentre con formatos diversos, el aviso clasificado, la noticia periodística, el instructivo, el silogismo, la demostración matemática. Incluso puede adoptar las formas procedimentales del ensayo y de la escritura dramática. Esto ha llevado a pensar que la microficción es un híbrido genérico. Pero las opiniones están divididas: Lagmanovich14 y Rosalba Campra15 piensan que no; Lauro Zavala16 piensa que sí, y Violeta Rojo17 prefiere hablar de “carácter proteico”. En la mayor parte de los casos, me parece que el disfraz, la apariencia textual, es una de las formas del silencio en la microficción, es decir no es que ella se hibride sino que, sin decirlo, toma prestado ropaje ajeno. Para esto se vale de la ironía. La ironía es el modo de silencio más extendido en la microficción, consiste, para usar una analogía gráfica, en guiñar un ojo al interlocutor para que deseche lo que literalmente se le está diciendo y entienda otra cosa. Es el lector quien debe “darse cuenta” de esto. Ironía mediante, entonces, la microficción puede adoptar muchos formatos ajenos sin dejar de ser ella misma18. El aviso clasificado no será un aviso clasificado (“Remake”, de Fernando Iwasaki), el silogismo tendrá algún error lógico que lo llevará a una conclusión cuestionable (“Propiedad transitiva”, de Juan Romagnoli), lo mismo en el caso de microficciones ensayísticas (“La navaja”, de José Raventós). Es decir, formatos no ficcionales, incluso no literarios, se vuelven ficcionales por obra de la ironía19. La crítica de los comportamientos humanos, que se refiere a la realidad concreta, cuando se vale de la ironía como recurso retórico, deriva en sátira, y hace posibles microficciones tan espléndidas como las de Monterroso20. Claro que, de nuevo, la ironía depende de que la advierta el lector activo.

Incluso textos escritos muy en serio en épocas pretéritas o aun actuales, por estar muy alejados de lo que podemos considerar plausible, solo pueden leerse irónicamente.

Es imposible describir las caras de los réprobos, si bien es cierto que las de aquellos que pertenecen a una misma sociedad infernal son bastante parecidas. En general son espantosas y carecen de vida, como las que vemos en los cadáveres, pero algunas son negras y otras refulgen como antorchas, otras abundan en granos, en fístulas, en úlceras, muchos condenados, en vez de cara tienen una excrecencia peluda, u ósea. De otros, sólo se ven los dientes. También los cuerpos son monstruosos. La fiereza y la crueldad de sus mentes modelan su expresión; pero cuando otros condenados los elogian, los veneran y los adoran, sus caras se componen y dulcifican por obra de la complacencia.

Debe entenderse, sin embargo, que tal es la apariencia de los réprobos vistos a la luz del cielo, pero que entre ellos se ven como hombres; pues así lo dispone la misericordia divina, para que no se vean tan aborrecibles como los ven los ángeles.

No me ha sido otorgado ver la forma universal del Infierno, pero me han dicho que de igual manera que el Cielo tiene, en conjunto, la figura de un hombre, así el Infierno tiene la figura del Diablo. Emanuel Swedenborg, De caelo et inferno, 175821 

Fue escrito para que el lector se retorciera de espanto, pero hoy es inevitable leerlo con una sonrisa. 

Quinta consecuencia: Sobre el deslinde con otros géneros. El silencio particular de la microficción, la separa de otros géneros. Ya hablé del chiste y de la adivinanza. Pero hay otros géneros brevísimos vecinos: la fábula con moraleja, la parábola, el ejemplo, el cuento, el aforismo, el poema en prosa. De algunos se diferencia por la voluntad expresa del autor de anular toda posibilidad de silencio con tal de que el lector arribe a un sentido previsto y único. De otros, porque no son géneros ficcionales. Y de algunos pocos, porque sus silencios son diferentes. Por razones de tiempo, no puedo extenderme en cada caso.

Sexta consecuencia: Sobre su origen y textos fundacionales. La necesidad de un silencio legible, un lenguaje que lo genere, la extendida presencia de la ironía y la provocativa ambigüedad obligan a revisar los antecedentes del género y las obras consideradas fundacionales. En tal sentido sigo pensando que “A Circe” (Ensayos y poemas, 1917)22, de Julio Torri, es la obra fundacional porque es la primera que reúne esas características. En cuanto a los antecedentes, creo que hay que valorizar más la poesía epigramática, que por su carácter irónico, su humor y precisión, es próxima en espíritu a la microficción de hoy. Por ejemplo, en 1858, el santanderista Vargas Tejada, opositor de Bolívar, escribía23:

Si de Bolívar la letra con que empieza
Y aquella con que acaba le quitamos,
“Oliva”, de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
Al Tirano y los pies cortar debemos
Si es que una paz durable apetecemos.

Para finalizar: he intentado describir para ustedes un tipo de texto en prosa que ocluye un silencio significativo, complejo pero legible, creado como una forma de lenguaje por el autor para generar un espacio semántico plural que desafíe la imaginación y estimule la perspicacia del lector.
Espero haberlo conseguido.


[1] Brasca, Raúl. “La elocuencia del silencio. Sobre el final de las microficciones”. En Cuadernos del CILHA, año 11, N° 13, Mendoza, 2010, pp.13 – 20
[2] Koch, Dolores. “El micro–relato en México: Torri, Arreola, Monterroso”. En De la crónica a la nueva narrativa mexicana, Forster, Merlín H. y Julio Ortega, eds. Oasis, México, 1986.
[3] Noguerol, Francisca. “Espectrografías: minificción y silencio”. En La minificción en el siglo XXI, Henry González Martínez (ed.), Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2014, p. 63
[4] Shua, Ana María. Cómo escribir un microrrelato, Alba Editorial, Barcelona, 2017, p. 37
[5] Tomassini, Graciela y Stella Maris Colombo. “La microficción como máquina de pensar”, en El Cuento en Red n° 28, Otoño 2013, pp. 30 – 42
[6] Monterroso, Augusto. Obras completas (y otros cuentos), Joaquín Mortiz S.A., 6ta edición, México, 1980, p. 75
[7] Lagmanovich, David. “Apéndice: regreso al dinosaurio”. En Microrrelatos, Cuadernos de Norte y Sur, Buenos Aires – Tucumán, 1999, pp. 53–57
[8] Epple, Juan Armando. Brevísima relación. Antología del Micro–cuento Hispanoamericano, Mosquito, Chile, 1990, p.19
[9] Lagmanovich, David. El microrrelato. Teoría e historia, Menoscuarto, Palencia, 2006. p. 30
[10] Campra, Rosalba y Raúl Brasca. “Microficción: reflexiones en contrapunto”. En Entre el ojo y la letra, Carlos Paldao y Laura Pollastri, eds. New York, 2014, p. 472
[11] Rojo, Violeta. “Liberándose de la tiranía de los géneros: la minificción venezolana en los siglos XX y XXI”. La huella de la clepsidra. El microrrelato en el siglo XXI, Laura Pollastri (ed.), Katatay, Buenos Aires, 2010, p. 48
[12] Roas, David. “El microrrelato y la teoría de los géneros”. La era de la brevedad. El microrrelato hispánico, Irene Andres-Suárez y Antonio Rivas (eds.), Menoscuarto, Palencia, 2008, p.47
[13] Lagmanovich, David: “Ocurre, sin embargo, que tal noción es eminentemente subjetiva”. En El microrrelato. Teoría e historia, Menoscuarto, Palencia, 2006, p. 49
[14] Lagmanovich, David. El microrrelato. Teoría e historia, Menoscuarto, Palencia, 2006. pp. 30– 31
[15] Campra, Rosalba y Raúl Brasca. Ibídem, p. 467
[16] Zavala, Lauro. La minificción bajo el microscopio, Simplemente Editores, Chile, 2020, pp. 50 – 51
[17] Rojo, Violeta. ”Carácter proteico”. En Breve manual para reconocer minicuentos, Fundarte, Caracas, 1996, pp 61 –75.
Rojo no usa el término “híbrido” sino que prefiere “proteico”, pero no establece diferencias conceptuales, aunque considero que las hay.
[18] Los ejemplos citados a continuación fueron tomados de mi último libro:
Leamos el silencio en + de cien microficciones de todo el mundo, Luvina Editorial, Buenos Aires, 2026.
[19] Lauro Zavala llama a esto “hibridación irónica”. Ibídem p. 50–51
[20] Monterroso, Augusto. La oveja negra y demás fábulas, Joaquín Mortiz, México, 1969
[21] En revista El Cuento n° 19, México, 1966, p. 650
[22] Torri, Julio. Tres libros. Ensayos y poemas. De fusilamientos. Prosas dispersas, FCE, México, 1964,
[23] Gomes, Miguel. Los géneros literarios en Hispanoamérica. Teoría e historia, EUNSA, España, 1999, p. 176